miércoles, 17 de diciembre de 2014

Paraguas contra la indignidad

No me gusta la alcaldesa


Reitero. No me gusta la alcaldesa. Y no es momento ni propósito de debate ideológico o político, sino de reflexión sobre la dignidad de los ciudadanos más desfavorecidos, que también son vecinos y merecen al menos la misma consideración que esos otros que pueden ocupar la mañana del sábado en pasear, ir a misa o tomar el aperitivo. Los primeros, sin embargo, esperaban bajo la lluvia recoger una bolsa de alimentos con el ánimo de paliar el hambre.

La última entrega de la Despensa Solidaria de Alpedrete tuvo lugar la mañana del sábado 13 de diciembre. Los alimentos almacenados contra el muro de la iglesia, observados por el edificio del ayuntamiento (sede del gobierno de todos, aseguran) al que se han cubierto los soportales con mamparas y puertas de vidrio para impedir que el frío inunde la sede consistorial. Ajenos a ese cobijo, en la calle, decenas de colores en forma de paraguas y chubasqueros protegían los cuerpos y las identidades de quienes buscaban alimento.

La lluvia caía, pertinaz, como un lamento semejante a la lágrima fría que desciende por el rostro y no cesa de caer. Y unos minutos antes del Ángelus las puertas del ayuntamiento se abrieron al paso de la alcaldesa, y quizá la lluvia cesó por un instante, temerosa. Bajó las escaleras, accedió a la plaza y encontró el propósito de sus pasos en la iglesia, vestida de rojo, flanqueada por uno de sus concejales, donde se celebraba un concierto de la Orquesta y Coro de la Escuela de Música.

¿Qué pensó? ¿Qué sintió al cruzarse con decenas de personas aguardando para llevarse a casa la solidaridad de sus vecinos en 86 bolsas de plástico blanco? ¿O los paraguas impidieron la observación concreta y minuciosa, tergiversando lo que ocurría? No existe contestación externa a estas preguntas, las palabras son ajenas al dictado del alma, cada uno la suya. ¿Y cómo son las almas? Nadie lo sabe con certeza, hay quien habla de almas de colores… Desde el blanco níveo hasta el negro peludo.

Hace muchos meses la Despensa Solidaria pidió a la alcaldesa de Alpedrete un local. El más pequeño, desconchado, desvencijado como una estantería a la que le faltan la mitad de los tornillos era suficiente. Y lo hizo en varias ocasiones, con el ánimo de restaurarlo si era necesario y la intención de convertirlo en almacén.

No, no y no. ¿A qué responde tanta negativa? Que lo conteste el alma, que la razón no puede. Lo cierto es que más de uno, de los que guardaban cola y de los que no, debieron pensar “no me gusta la alcaldesa”. Nada personal, pero sí institucional como máxima responsable de ese local que permanece con la puerta atrancada. ¡Qué diferente sería disponer de un lugar discreto para que cada persona pudiera gestionar vergüenza, tristeza y desamparo a cubierto de lluvia y miradas!

En el último pleno municipal la alcaldesa afirmó sentirse orgullosa de que el ayuntamiento de Alpedrete tuviera deuda cero. Las cuentas serán magníficas, el déficit es otro: permitir que los paraguas preserven la dignidad de quienes se ven sometidos involuntariamente a una coyuntura de la que nadie está exento: la necesidad y el hambre. ¿Quién puede asegurar que nunca estará bajo uno de esos paraguas?




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